Vaya por fin el último y más interesante de los episodios de la historia del quitrin, para poner término á esta narración, justificando que en el quitrín nacía, vivía y moría, el Cubanó y que aquel le serviá á la vez de cuna y de sepulcro.

Que le servía de cuna pruébalo el hecho de que viniendo del campo cierta ocasión; una respetable y estimada Señora de nuestra buena sociedad, la cual se encontraba en estado interesante, y que quería salir de sn cuidado en la Habana, para que su hijo no naciese GUAJIRO, sino habanero neto; se sintió acometida en el camino por los dolores del parto, y antes de que tuviera ocasion de llegar siquiera a la primer taberna, que se encontraba como á inedia legua de distancia de aquel punto, diciendo y haciendo, y sin tener tiempo para otra cosa que para decir para! al calesero que traía el trio á todo galope, dio á luz un niño que halló su cuna en el pesebrón del quitrín, de donde le tomó en brazos la amiga que acompañaba á la señora á quien nos referimos y que por no querer que el niño naciese guajiro, hizo que viniese al mundo en medio del camino real.

Que también era el quitrín sepulcro lo demostrará el siguiente lance que constituye una de las causas célebres que registra el foro de la Habana.

Don José María Garro, opulento hacendado, tenía su finca distante unas cuatro leguas de esta capital.

Como todos los hacendados, aproximándose la época de la molienda, fue al Ingenio para ver en que estado se encontraba el campo; que tal estaba la boyada? como seguía la dotación y si algo extraordinario hacía falta para romper la molienda.

Llegado que hubo al Ingenio, advirtió al momento que la mayor parte de los cañaverales se encontraban enyerbados; que los bueyes estaban flacos; que en la enfermería había multitud de negros cuya enfermedad principal consistía en llagas mal cuidadas, vió otras muchas cosas que desde luego revelaban que el Mayoral había descuidado por completo su obligación, lo que no era éstraño, sabiendo que el juego de gallos y el del prohibido del monte, con añadidura del incesante tomar café y del vicio de fumar, encendiendo un veguero en otro, eran la ocupación y los placeres de nuestros hombres de campo en la época remota á que nos referimos, siendo las décimas cantadas al Compás del tiple y con que requebraban de amores á las muchachás, y el zapateo que con ellas bailaban cada vez que había guateque, lo que alternaba con sus referidos gustos, escepcion hecha del amor y del cuidado de su potro que absorvía de preferencia su atención en toda época y todas horas, ya fuese de dia, ya de noche, puesto que nada recreaba tanto á nuestro guajiro como él sentarse en un taburete en medio del batey una noche de luna, á oir comer á su caballo que entre resoplidos de gustó y de satisfacción, ponía fin a la pila de yerba ó cogollo que tenia delante.

Nuestro guajiro, si nó conocía el cantarcillo, es indudable que con toda la verdad y exactitud de la frase podía decir:


“Mi muger y mi caballo
Se me murieron á un tiempo;
Mi muger, Dios la perdone....
¡Mi caballo es lo que siento!”

Pero divagamos mucho y nos alejamos demasiado de nuestro asunto.

Decíamos que Don José María Garro llegó al Ingenio y que penetrado del abandono del Mayoral, dirijiose á éste increpándolo con palabras duras delante de la gente y de algunas de las negras, en presencia de las cuales el Mayoral no $ra posible que consintiese en verse ultrajado sin tomar satisfacción de momento ó jurando vengarse si quien le ofendía era persona que por su carácter y elevada posición, podía hacerle un flaco servicio; pero que no por eso escapaba de uno ú otro modo, á las consecuencias de una venganza rastrera, engendrada por las inspiraciones del amor propio ofendido.

Reconvino el Sr. Garro ásperamente al Mayoral; éste procuró disculparse como pudo; pero como no habia nada que alegar en contra de las observaciones que se les hacían, y no tuvo otro remedio que reconocer su falta y callar, así lo hizo; pero como hemos dicho, jurando que si la lengua había tenido que callar, ya haría que hablasen las manos....

Y con efecto.

Disimuló el Mayoral su enojo; dispuso cumplimentar todo lo dispuesto por el amo, dando orden á los negros de proceder á chapiar la yerba de los cañaverales, á techar las bagazerás, a que se hicieran canastas, á que se curaran las llagas de los enfermos, &c, &c, y viendo el Sr. Garro que todo seguía bien en el Ingenio, se volvió para la Habana.

Tres meses habían transcurrido, desde que el Sr. Garro dejó la finca, cuando una mañana mandó decir el Mayoral al Boyero que sacara la gente para el campo; porque él se encontraba un poco indispuesto.

A las nueve, cuando volvió del campo, salió el Mayoral de su casa envuelto en un chaquetón; con un pañuelo amarrado en la cabeza y recostándose en un taburete en la casa de calderas dijo á uno de los criollitos que fuese á la casa y le dijese á la negra Rosa que le mandase una taza de café, y en seguida se puso á contar en voz alta al Boyero que toda la noche había estado con calentura, y que a la sazón le dolían mucho los huesos y la cabeza; y que en seguida se iba á acostar.

Trájole la negra Rosa la taza de café; dio al boyero sus órdenes sobre lo que había que hacer y se fué á acostar.

Como á las seis de la tarde, así que ya había vuelto la gente del campo, con diferentes pretestos fué llamando á los negros mas ladinos, y á uno le dijo que le trajese unas hojas de naranja para darse un baño de pies; á otro que le trajese unas hojas dé salvia, para ponerse en la cabeza; al otro que montase en d arrenquín y fuese á decir al médico que lo viniese á ver por la mañana temprano; y dispuso que tuviesen cuidado con los caballos y que el suyo, (que era un magnífico potro) se lo trajesen y lo amarrasen en el platanal, para qué no se lo fuesen á robar.

Llamó á la negra Rosa y se dio un baño de pies, y los negros supieron todos que el Mayoral estaba enfermo.

Y todos se fueron a recoger. Era tiempo muerto y por consiguiente no había trabajo alguno que hacer en la noche, y á las siete ya todo el mundo dormía en el Ingenio.

El Mayoral, que había despedido á los negros y Rosa encargándoles que no le llamasen para nada, apenas considero que todos estaban dormidos, vistióse a la ligera, se ciñó el machete á la cintura y saltando por una ventana al platanal, donde tenía el caballo, echóle la alfarda, montó en él de un brinco y fuese poco á poco en dirección de la talanquera. Una vez fuera de la finca, metióle las espuelas al potro, v en menos de una hora, salvó la distancia que había de la finca á la ciudad.

Llegó á la Habana como á las ocho; dejo el caballo en la posada y se fué á situar á la esquina de la casa del Sr. Garro, (quien todas las noches á aquella hora, después de que se hubieron retirado las visitas, salía en su quitrin a dar una vuelta por las calles, No se hizo esperar mucho tiempo el Sr. Garro y así se hubo parado el quitrin, sentóse el Mayoral en la tablilla que todos tenían cubriendo el eje y qué servía á la vez para sentarse el page. Y como algunas veces unos por no ir á pie, otros por llegar mas pronto, y muchos por que los mismos dueños por diversas causas solían llevar un criado sentado en ella, á nadie llamó la atención ver ó un hombre detrás del quitrín, cujro hombre, por ir envuelto en un chaquetón y llevar bien calado; el sombrero, no se podía decir si era negro ó blanco, aunque todos sospechaban que era un negro.

Costumbre era entonces en los que iban en quitrín dar un golpe con la caña en el pesebrón cuando querían que el calesero doblase á la derecha; dos, si debía tomar á la izquierda, y tres cuando tenía que parar. -

Iba así dirigiendo su derrotero el Sr Garro, cuando al entrar en una calle no solamente poco alumbrada, sino en la cual no se veía ánima viviente, sacó cuidadosamente su machete el Mayoral, y con ímpetu violento metiéndolo por el postiguillo del quitrín, se lo introdujo por la espalda al Sr. Garro, quien dando un ¡ay! sordo, que que no pudo apercibirse el calesero, sin duda por el propio ruido del carruage y de las pisadas del caballo, quedó instantáneamente muerto.

Apeóse del carruage el Mayoral, envainó el machete y dirigiéndose á posada en donde había dejado el caballo, tomó esté, monto y atravesando las calles de la Habana paso á paso y después el camino como una exhalación, estaba ó las nueve de vuelta en el ingenio. Se desmontó muy quedo; quitó la albarda al caballo, limpio á aquel perfectamente el sudor del lomo; colgó de nuevo el machete en la pared y se metió en la cama, volviéndose á poner el pañuelo con las hojas de salvia en la cabeza para que nadíe pudiese sospechar que se había levantado, y no sabemos si durmió ó nó aquélla noche; pero sí que en ella tomó venganza de las palabras que el amo le dirigió delante de la jente tres meses antes.

Entre tanto veamos lo que sucedía en la Habana y entérese de ello el lector, para que se penetre de lo que es la justicia humana y el juzgar las apariencias.

Apenas se apeó el Mayoral de detrás del quitrín y que éste salió de la calle oscura en que acababa de ser muerto el Sr. Garro, cuando un infeliz negro que iba á un mandado, llevando una jába, montó detrás.

El calesero, que había andado ya tres cuadras sin que se le indicase que tomara á la derecha, ni á la izquieda, viendo que se dirigía á punto por donde su amo no acostumbraba ir, creyó que tal vez no había oído la señal, voltio la cabeza y preguntó á su amo si seguía, y notando, nó solamente que aquel no le contestaba, sino que traía la cabeza sobre el pecho y el cuerpo inclinado, se apeó del caballo, para ver lo que le pasaba.

Y como al mismo tiempo que el calesero se apeaba y que fijando la vista en su amo vio que estaba bañado en sangre, el negro que venía sentado detrás del quitrín se apeaba también y echaba á correr, creyendo el calesero que era éste el que había herido á su amo, le corrió detrás y á los descompasados gritos de ¡ataja! ¡ataja! que daba siguiéndolo, y con el auxilio de dos ó tres hombres que al oir el ¡ataja! salieron de una bodega armados de sendas trancas, pudo detener al que huía.

"Ete picaro mimo mata á mi suamo" dijo el negro calesero agarrando con fuerza al prófugo que trataba de desasirse, diciendo: "No sino, yo no mata ninguno; yo sentó atrá quitrín pa yegá prisa, prisa, na panadería".

"¿Con que tu no mató ninguno, simbregüenza?" Entonces dirigiéndose á los presentes, dijo: #8220;Su mece: jase favo, camina conmigo. Su mece verá miamo mimo tá mueto dentro la quitrín.#8222; Esto decía el calesero, dirigiéndose á los que salieron de la bodega á detener al que corría y agregando: "“Cuando yo me piá de na caballo, poque miamo no toca con la baton, y yo mira que nelle tiene sangre, ese simbregüenza mimo se piá detrá la quitrín y arranca corré"

“Camina picaro, que aguora tu lo vá paga. Jorca mimo ta perando á V.#8222;

El infeliz negro protestaba una y mil veces de no haber matado á nadie, pues ni siquiera sabia de que muerto se trataba.

Pero que quieras, que no, fuertemente agarrado por el calesero, que temía se le escapase la presa, y seguido por los hombres de la bodega y por algunos mas que á as voces del calesero se fueron juntado, dirigiéndose todos al punto en que había quedado el quitrín y acercándose á él, vieron entre un lago de sangre y ya cadáver al Sr. Garro.

Entonces pidiendo una soga en la bodega, ataron codo con codo al inocente negro convertido á la fuerza y por la desgracia en criminal y de cuyo crimen ya nadie dudó desde el momento en que trayendo una luz de la bodega y avisada la justicia, vieron todos la ancha herida que el Sr. Garro tenía en la espalda.

Y ¿quién otro podía habérsela dado sino el negro que venía sentado detrás del quitrín y que al ver que el calesero se apeaba del caballo y se dirigía á el, arrancó á correr?

¿Quién otro, sino éste había de ser, por más de que no se le hubiese encontrado cuchillo, y tuviese sus manos limpias hasta de la más pequeña gota de sangre?

¿Quién otro habría de ser?......

¡Oh justicia humana! Dí si no eres tú capaz de hacer que se odie á la humanidad entera, cuando vemos que unas veces por malicia, y otras por ignorancia, haces que sufra la inocencia mientras que

“... .los perversos viven y se ríen,
de todo miedo y sobresalto ágenos.”

El mooente negro fué reducido á prisión, y juzgado y sentenciado á muerte, se le ahorco por más que incesantemente protestaba de su inocencia y que mientras pudo formular una frase fué su única exclamación “Yo soy nocente! soy nocente!”

Nosotros no sabemos si la justicia, cumpliendo con su deber y no encontrando otra prueba para condenar al negro que él haber estado sentado detrás del quitrín y correr, cuando el calesero hubo de agarrarlo; no sabemos, decimos, si trato de investigar si el Sr. Garro tenía algún mal queriente entre los operarios de su Ingenio; pero en este caso, ¿no estaba toda la dotación allí para responder y asegurar que el Mayoral aquella noche precisamente había estado enfermo y que se había dado un baño de pies y mandado buscar al médico?

El perverso había tomado todas sus precauciones para en el caso de una investigación.

Y ¿cual podía ser la defensa del inocente negro?

—Decir que aunque se sentó detrás del, quitrín fué solo para ir á la panadería. Pero ¿era esto bastante?

Ya lo hemos dicho: el negro fué condenado á muerte y no faltaría quisás quien se alegrara de que matasen al asesino de Garro. Pero muerto el negro quien se volvió á ocupar dé aquel infeliz? ....

 

*
* *

 

Transcurrieron veinte años.

Gravemente enfermo en un sitio, un hombre de cincuenta años; pero cuya apariencia era como dé tener sesenta, flaco, consumido, con la barba y el cabello completamente canos; al comprender que se hallaba en los últimos momentos de su vida, hizo venir al Cura para que le confesara y después de haber estado largo rato á solas con él, pidió que entrasen todas las personas que con motivo de su enfermedad habían venido á visitarle y entre las cuales, además del Cura y del Capitán, se encontraba un Escribano á quien había mandado buscar para dictarle sus últimas disposiciones, dirigiéndose á todos, dijo: "Señores, conozco que ha llegado mi última hora y queriendo comparecer ante Dios con el alma purificada por el arrepentimiento y descargado del pecado por la confesión, declaro: que con ese machete que esta colgado en la pared maté al Sr. D. José Marí Garro."

“Mi ignorancia me llevó á cometer ese crimen, de que me arrepiento y pido á ustedes qué me perdonen y que rueguen á dios por mi alma”

El criminal hizo la confesión de su delito y aunque el que se arrepiente despierta siempre la compasión, la imagínacion de todos se fijó en el inocente negro, á quien se había hecho perecer imputadole un crimen que no había cometido y del que vino á tener conocimiento cuando, como los demás, vio dentro del quitrín el cadáver ensangrentado del Sr. Garro.

¡Justicia humana! ¡Con qué facilidad condenas y castigas; cuando en el intrincado dédalo de las pasiones, para perseguir el crinan y descubrir la verdad, no tienes otra guía que la dé tu ignorancia y la de las pasiones mismas que, á pesar de qué te llamas justicia, influyen también en tus actos y deliberaciones!

Desde el acontecimiento del Sr. Garro quedó prohibido sentarse detrás de los quitrines, pero como esto éra siempre cómodo, á pesar de la prohibición, nunca faltaba quien quisiese aprovecharse del Vehículo, hasta que las voces de ¡atrás va uno! qué los muchachos advertían la infracción de la ley, hacían que los dueños obligasen inmediatamente á bajarse á aquellos en quienes todos creían descubrir criminales intentos, por más que solo fuesen pilluelos blancos ó de color, que gustaban disfrutar dé aquella inocente diversion, sin sospechar siquiera lo caro que suele costar a veces lo que creemos mas inocente.

Para evitar que nadie se sentase detrás del quitrin, dispusieron algunos señores llenar la tablilla de clavos con las puntas hacia arriba convirtiéndola en un verdadero erizo; pero esto produjo lances desagradables, pues ocasiono graves heridas á mas de un pobre niño, que por la travesura propia de la edad, al brincar sobre la tabla, clavóse los brazos y el pecho con aquellas púas, por lo que se abandonó la idea.

Las voces de ¡atrás vá uno! con que siempre era advertido por los muchachos al quitrin que llevaba este apéndice, fueron bastantes para concluir con la costumbre.

Cuando paseando en nuestro quitrín á nosotros se nos dirigía este aviso, decíamos in pectore y ¿quién no lleva siempre uno detrás, que si no pretende hacernos daño, por lo menos nos explota del modo que puede, viviendo de nuestro trabajo y de nuestro sudor, sin darse la pena de mostrarse siquiera agradecido del bien que le proporcionamos, como tampoco agradece que se le conduzca el que se sienta detrás de nuestro quitrín?

Al dar á luz este libro como trata del Quitrín, no faltará quién diga ¡Atrás vá uno! para advertirnos de que hay en la tablilla quien pretende llamar la atención sobre los defectos de la obra, que no son pocos.

Si esto sucede, carísimo lector, habremos de decirle como los que iban en quitrín á los que se sentaban detrás, cualesquiera que fuesen sus intenciones: ¡Apéate, bribón!

Y esto de bribon se les decía porque muchos de los que se subían en la tablilla tenían por costumbre cortar las agarraderas del quitrin que tenian hebillas, pasadores y puntillas de plata y; díganme ustedes si puede haber bribonada mayor que la de intentar, cortarle á uno sus agarraderas.

 

FIN

 


 

 

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